Siete
niños y un
arco
iris
Santa Fe de Bogotá,
Colombia.
13 de junio de
1997
Juan Sebastián Barón, un niño bogotano de 6 años, pintó sobre el plano inclinado de una colina a 7 niños y niñas cogidos de la mano. El niño de la izquierda retiene un globo azul, la niña de la derecha agita en su mano libre una flor roja. Todos lucen una sonrisa que es una rayita curvada hacia arriba. Los cubre un arco iris, más arriba vuelan dos bandadas de pájaros y una nube. Con este dibujo Juan Sebastián ganó el primer lugar, en la categoría preinfantil, del Concurso nacional de Pintura ¡Niños Constructores de paz! Auspiciado por la Cruz Roja y Unicef. Y, en una fotografía, Juan Sebastián aparece recibiendo su diploma de manos de un señor de edad mediana, gafas redondas, barba rala y corbatín, quien le sonríe cálidamente. Se trata de José Ramos Horta, ganador del Premio Nobel de la Paz 1996 “por su permanente sacrificio personal y por los aportes hechos para la solución pacífica del conflicto que vive su pequeño y oprimido país”, Timor Oriental, una isla pequeña situada al otro lado del mundo.
El señor Ramos Horta vino, vio y no olvidó. Por el contrario, supo valorar la magnitud del esfuerzo desplegado por niñas y niñas de Colombia, su profundo significado, la riqueza de su aporte. Entonces, en carta fechada el 22 de diciembre de 1997 y dirigida al Comité Noruego del Premio Nobel, luego de unos breves párrafos de contexto propone: “Estoy profundamente conmovido por estos niños quienes están totalmente comprometidos y decididos a lograr la paz en Colombia. A través de esta campaña valiente, pacífica e incesante se logrará que cada niño colombiano pueda crecer en un ambiente seguro. Creo que otorgar el Premio Nobel de la Paz a los niños de Colombia tendrá un extraordinario impacto a favor del Movimiento por la Paz en ese sufrido país. Por esta razón, deseo nominar a los niños de Colombia para el Premio Nobel de la Paz de 1998”.
La sola nominación ya es un triunfo. Supera con creces todas las expectativas que una simple pregunta hubiera podido generar en un oyente atento a comienzos de 1996: ¿Y si, en vez de considerarlos objetos de atención, por ser víctimas de la violencia, o beneficiarios de la paz, si la logramos, les consultamos a las niñas y los niños, los involucramos en el análisis del problema y en la búsqueda de soluciones como sujetos con opinión, experiencias y propuestas propias? ¿Y si potenciamos sus voces, su presencia en el país?. La respuesta dada por los niños y las niñas de Colombia a estas preguntas removió los viejos cimientos del conflicto armado en el país y su eco le está dando vueltas al mundo. Dado el tamaño de este ejemplo, ahora cuando las personas leen en los más diversos idiomas el artículo 12 de la Convención Internacional sobre los Derechos del Niño que dice: “Los Estados Partes garantizarán al niño que esté en condiciones de formarse un juicio propio el derecho a expresar su opinión libremente en todos los asuntos que afectan al niño, teniéndose debidamente en cuenta las opiniones del niño, en función de la edad y la madurez del niño.”, saben que allí hay una palanca formidable para mover el mundo en la dirección correcta.